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Chernóbil, reserva natural

Hoy os traigo una noticia que no había tenido tiempo de poneros antes, y es realmente interesante.

Prácticamente todo el mundo sabe lo que ocurrió con Chernóbil, pero para los que no sepan o no lo tengan muy claro, un breve resumen, y lo que pasa actualmente con la zona en la actualidad. Me parece realmente interesante, espero que a vosotros también.

El reactor número 4 de la central Memorial Vladímir Ilich Lenin de Chernóbil, situada en la frontera entre Ucrania y Bielorrusia, explotó el 26 de abril de 1986. El accidente, el peor en la historia de la energía nuclear civil, espolvoreó grandes cantidades de cesio radiactivo en una área de 150.000 kilómetros cuadrados e impuso la evacuación de unas 350.000 personas. Con ellas, emigraron las aves y los grandes mamíferos, espantados por la nube radiactiva que achicharró los pinos cercanos a la central. Pero, a la siguiente primavera, los animales habían vuelto a sus guaridas.

Hoy, la desierta ciudad de Prípiat, antaño habitada por 40.000 personas, muchas de ellas relacionadas con la central, se ha rendido al vigor de la naturaleza. Los álamos brotan en los balcones de los edificios desvencijados y el musgo se come el asfalto de las carreteras sin coches. Al atardecer, manadas de lobos, alces, osos y linces se refugian a la sombra de los oxidados símbolos comunistas.

El ministro ucraniano de Emergencias y Protección de la Población de las Consecuencias de la Catástrofe de Chernóbil, Volodymyr Shandra, anunció el pasado 20 de junio su voluntad de crear un área protegida para la fauna en la zona de exclusión de la central. El primer paso será la introducción de un grupo de 10 bisontes europeos en un recinto de 20 hectáreas, construido en los últimos meses dentro del vallado de alambre de espino que separa el entorno del reactor del resto del mundo. Tras este proyecto piloto, se estudiará la viabilidad de establecer más núcleos en este territorio, con el objetivo de ampliar la embrionaria Reserva Especial de Chernóbil, creada en el verano de 2007 por el presidente del Gobierno, Víktor Yushchenko. “En la zona de máxima exclusión hay áreas muy contaminadas, pero aptas para vivir. Queremos observar el comportamiento de los bisontes en estas condiciones”, afirmó Shandra.

A pesar de las incertidumbres dibujadas por el ministro, el éxito parece asegurado. En 1996, al otro lado de la frontera, el Gobierno bielorruso introdujo una veintena de bisontes procedentes de Bialowieza –uno de los últimos bosques vírgenes de Europa– y, más de diez años después, su número se ha triplicado.

El Gobierno ucraniano quiere aprovechar este inesperado edén radiactivo para atraer a los turistas. Pero, como advierte el biólogo Sergey Gaschak, del Laboratorio Internacional de Radioecología de Chernóbil, que ningún visitante espere jabalíes con dos cabezas o ciervos con tres ojos. En la zona de exclusión “no es posible detectar efectos visibles de la radiación, excepto algún desarrollo incorrecto de los brotes de los pinos”, según el experto. Las consecuencias invisibles de la contaminación, como las mutaciones del ADN, no constituyen una amenaza para las poblaciones, aunque sí pueden causar la muerte de algunos individuos.

Pese a este relativo bienestar de la fauna, los habitantes de Prípiat y otras localidades cercanas a la central nuclear no podrán volver a sus casas. Ni ellos ni los tataranietos de sus tataranietos. “La gente no volverá nunca a sus casas, ¿para qué? Los asentamientos, las infraestructuras y las comunicaciones están destruidos tras 22 años de abandono. Es ilógico invertir dinero allí”, opina Gaschak. “Sin embargo, en este mismo periodo, Chernóbil se ha convertido en una enorme reserva natural de gran valor en Europa; debemos crear una reserva de manera oficial, le debemos algo a la naturaleza”, argumenta. Junto a los territorios ya protegidos de la zona de exclusión bielorrusa, la reserva podría alcanzar una extensión de 4.700 kilómetros cuadrados.

El investigador Valery Kashparov, del Instituto Ucraniano de Radioecología Agrícola, tampoco cree que el ser humano pueda volver a vivir en el entorno de la central. Por lo menos, durante unos cientos de miles de años. “No obstante, no podemos prever si aparecerán nuevos métodos de descontaminación, o si se tomará la decisión de retirar la capa superficial más contaminada del suelo, como se hizo en España en la localidad de Palomares”, apunta. Si se descontaminara, podrían volver las personas, con sus pesticidas, su asfalto y sus automóviles. Posiblemente, los linces y bisontes de Chernóbil prefieren el plutonio.

Vía | Público

Sobre el autor

Alberto Martinez

Ingeniero industrial en la especialidad de la electricidad, y apasionado de los mecanismos de generación, transporte y distribución de energía. Cada día más apasionado por la movilidad sostenible.

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