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Sobre primas y precios: ¿Son las renovables de verdad más caras?

Me he encontrado con un artículo muy interesante, escrito por el Profesor Pedro Linares, de la Universidad Pontificia Comillas y miembro de la Cátedra BP de Desarrollo Sostenible, que nos explica como de caras son realmente las energías renovables, así como diversos aspectos que hay que tener en cuenta al elegir estas energías. Espero que os resulte interesante, a mi me lo ha parecido.

Posiblemente a resultas de la nueva regulación de la energía solar fotovoltaica, se ha reavivado el debate sobre el coste que suponen las energías renovables, sobre todo en lo que respecta a la producción de electricidad. Hay algunos que defienden que las renovables abaratan el coste de la electricidad para el consumidor, mientras que otros dicen que no, que hacen que suba lo que tenemos que pagar por ella. Y el debate no se limita a la esfera “política”, también ha habido recientemente unas cuantas contribuciones desde el punto de vista académico (ver ejemplo). ¿Quién tiene razón? Vamos a tratar de identificar los elementos que pueden hacer que las renovables suban o bajen el precio de la electricidad, y luego veremos cuáles de ellos están presentes en cada caso y cada tecnología.

En primer lugar, está el coste de las primas que se pagan a las renovables: en España hay un marco de apoyo por el cual a cada kWh generado con energía renovable se le paga una determinada cantidad de dinero o prima, adicional a la que obtiene la venta de ese kWh en el mercado de electricidad. Esta prima depende de la tecnología: la eólica por ejemplo cobra aproximadamente 30 €/MWh (aunque parece que ya hay algunas que renuncian a la prima), mientras que la fotovoltaica cobra entre 240 y 270 €/MWh (si suponemos un precio de la electricidad de 50 €/MWh). Ahora mismo estas primas suponen un sobrecoste de aproximadamente un 7% del total del coste de suministro eléctrico, lo cual no es despreciable, efectivamente.

Otro elemento de coste de las renovables es el asociado a su carácter intermitente. Como la producción de las renovables nunca se puede saber exactamente con antelación (salvo aquellas que pueden regular su producción, como la biomasa o la solar térmica con almacenamiento), y la demanda de electricidad tiene que ser satisfecha en cada instante, cuantas más renovables haya en el sistema, más centrales capaces de producir electricidad rápidamente si las renovables dejan de funcionar harán falta, y más potencia instalada hay que tener. Estas centrales son las hidráulicas (que no es que tengan coste de producción, pero sí de oportunidad), o las térmicas, que para poder hacer eso tienen que estar en marcha, y por tanto consumiendo combustible. El coste obtenido por distintos estudios oscila entre 4 y 20 €/MWh.

En cuanto a los beneficios, tenemos el efecto de las renovables sobre el precio de la electricidad. Casi todas las renovables, al ser tecnologías con un elevado coste de inversión, pero muy bajo coste de operación, ofertan en el mercado su electricidad a un coste muy bajo. Eso hace que desplacen a casi todas las demás tecnologías, es decir, que ya no hace falta tanta producción de estas otras fuentes no renovables para satisfacer la demanda de electricidad. Dado que la curva de costes de producción de electricidad es creciente (cuanta más electricidad necesitamos más caro nos cuesta, porque cada vez necesitamos tecnologías más caras, por ejemplo), si necesitamos menos tecnologías convencionales, el coste de producción se reduce, y por tanto también el precio de la electricidad en el mercado.

Conclusión, como baja el precio de la electricidad, y este precio se le paga a todos los productores, el precio multiplicado por la cantidad de electricidad es el volumen de dinero ahorrado por la entrada de las renovables en el sistema. Algunos han estimado este dinero entre un 10 y un 15% del volumen total pagado a los generadores.

Pero cuidado, es un beneficio para los consumidores, no para los que producen con tecnologías no renovables, que ven cómo se reducen sus ingresos. Esto puede tener una consecuencia muy importante: si los productores pueden (si tienen poder de mercado), subirán el precio al que ofertan en el mercado, para recuperar estos ingresos; y en todo caso, la reducción de precios hará menos interesante invertir en nuevas centrales, lo que a medio y largo plazo supondrá que, ante aumentos de la demanda, los precios se recuperen. Por tanto, este efecto, aunque puede ser significativo (depende de la curva de costes de producción), es posiblemente temporal.

Otro beneficio de las renovables es que reducen el riesgo de una cartera de inversiones energéticas, tal como propuso Shimon Awerbuch. Como su coste no depende de los precios de los combustibles fósiles, ante una subida de estos precios consiguen sujetar el coste del sistema (y también la inflación asociada). Y el menor riesgo se paga (por ejemplo, con costes menores de financiación). Así, a igualdad de coste, preferiremos tener un MWh de eólica (cuyo coste no varía una vez construido) que uno de gas natural (cuyo coste depende del petróleo, y por tanto puede variar mucho). Eso sí, según esta teoría, las renovables deben constituir un porcentaje determinado del mix de generación, porque si suben de ese porcentaje, entonces el riesgo puede aumentar (por las incertidumbres asociadas a las renovables en sí mismas, y porque están asociadas al coste de reservas ya explicado antes).

También relacionado con esto podemos citar la contribución de las renovables a la seguridad energética: las renovables son fuentes autóctonas, y por tanto su suministro no depende de circunstancias políticas (como los apaños de la OPEC) o estratégicas. Por tanto, las renovables también reducen el riesgo de falta de suministro a largo plazo, y además mejoran la balanza comercial.

Y finalmente, también debemos considerar los beneficios de las renovables desde el punto de vista medioambiental y social. Como es bien sabido, las renovables, aunque también tienen algún impacto ambiental, emiten muchos menos contaminantes como el SO2 y el NOx, lo que se traduce en menores daños sobre la salud y el entorno; y también emiten mucho menos CO2. Este último, de hecho, tiene un coste monetario directo (el precio del permiso de emisión), con lo cual no es difícil calcular al menos el límite inferior del ahorro que supone (se puede defender que el beneficio es mayor que este precio del permiso de emisión).

En el campo social es más difícil evaluar los beneficios: sí, las renovables pueden generar más empleo que otras tecnologías, pero aquí es importante tener en cuenta si esos empleos están contribuyendo a reducir el desempleo, o si por el contrario están saliendo de otros sectores (que incluso podrían ser más productivos, pero que no están subvencionados). También podríamos citar aquí el efecto positivo sobre la innovación que pueden tener las renovables.

Así pues, vemos que hay efectos positivos y negativos. Los negativos: las primas y las reservas. Los positivos: la posible bajada de precios temporal, la reducción del riesgo, y los beneficios medioambientales, sociales y tecnológicos. Pero además, esto depende mucho del tipo de tecnología renovable: por ejemplo, si comparamos la eólica y la fotovoltaica, el volumen de primas cobrado por una y otra es muy distinto, mientras que el resto de los elementos son muy parecidos. Por tanto, el coste neto para la sociedad de la eólica es posiblemente mucho menor que el de la fotovoltaica (otra cosa es que se incluyan en esta cuenta los posibles beneficios por el desarrollo tecnológico inducido, aunque habría que ver hasta qué punto esto está sucediendo…).

En resumen: ¿son las renovables de verdad más caras? Pues depende de cómo se combinen estos elementos para cada tecnología. Posiblemente, aquellas tecnologías más cercanas a la competitividad como la eólica no sean más caras, sino todo lo contrario, especialmente si tenemos en cuenta los beneficios ambientales. Otras, que deben ser subvencionadas mucho más, seguramente no compensen sus beneficios, y por tanto puede ser que sí estén suponiendo un coste neto para nuestra sociedad.

En cualquier caso, y aunque parece que todos los políticos tienen claro que las renovables compensan (es decir, que desde el punto de vista social no son más caras), lo cierto es que sería de agradecer tener un buen análisis riguroso, no tanto para decidir si renovables sí o no, que eso parece que ya no tiene sentido discutirlo, sino cuánta renovable, de qué tipo, y cuál es la mejor manera de promocionarlas (básicamente, primas o apoyo a la I+D).

Visto en: Soitu.es

Sobre el autor

Alberto Martinez

Ingeniero industrial en la especialidad de la electricidad, y apasionado de los mecanismos de generación, transporte y distribución de energía.

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